Mediateca: recomendamos la música “Motetes del Grand Siècle”

Uno de los rasgos definitorios del barroco musical medio y tardío es la existencia de estilos nacionales muy diferenciados. Los dos principales fueron el italiano y el francés. A ellos habría que añadir el alemán –una combinación de ambos, aunque con elementos originales–, así como el inglés y el español, que se diluyeron a finales del siglo XVII, cuando los músicos trasalpinos conquistaron toda Europa y Händel desembarcó en Londres.

Nuestros vecinos galos lograron, sin embargo, conservar su identidad sonora –a pesar de la célebre querelle des bouffons– hasta principios del siglo XIX y cultivaron géneros musicales propios. Uno de ellos fue el grand motet, adaptado al rito que la monarquía francesa impuso en sus dominios.

Por eso, sus principales creadores y representantes estuvieron al servicio de la corte, en concreto de la Capilla del Palacio de Versalles, que además contaba con efectivos extraordinarios, tanto en cantidad como en calidad. En ella se estrenaron muchas de estas piezas, durante las misas a las que asistía el rey, aunque a partir de 1725 se vio eclipsada por el Concert Spirituel de París.

Estamos ante partituras brillantes, variadas y un tanto pomposas. Siguiendo las prescripciones de la liturgia galicana, toman como base un salmo, cuyos versículos va ilustrando la música, según las reglas de la retórica barroca. En cada sección, el carácter de las melodías –solemnes, grandiosas, emotivas, alegres, etc.– se adapta como un guante al texto, por lo que hay que tenerlo muy presente, al igual que el tipo y el número de ejecutantes, tanto instrumentales como vocales.

Ni el creador de los primeros grands motets –el belga Henry du Mont–, ni quien les dio su forma definitiva –el florentino Jean-Baptiste Lully– nacieron en el país vecino, pero sí quienes mantuvieron viva esta tradición: Charpentier, Delande, Desmarets, Brossard o Rameau, entre otros.

En la fonoteca de la UN contamos con numerosas grabaciones de este repertorio, que ha sido recuperado en las mejores condiciones durante las últimas décadas por excelentes musicólogos y directores como el estadounidense William Christie, el belga Philippe Herreweghe o el francés Hervé Niquet.

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