Más que por el empaque y la solidez formal, los artistas franceses siempre se han distinguido por su capacidad para crear ambientes. Han ido así alumbrando obras alejadas de la monumentalidad propia de los compositores germánicos.
Es el caso de la espléndida serie de sonatas debidas a Franck (1886), Fauré (1876 y 1921), Debussy (1916) y Ravel (1927), que comparten rasgos como la seducción, el encanto melódico, la flexibilidad y un singular perfume, bien reconocible pero muy difícil de definir.
Aunque de origen belga, César Franck trabajó durante la mayor parte de su vida en París y se convirtió en el artífice del renacimiento de la música instrumental gala. Su sonata para violín y piano está dotada de un gran rigor constructivo compatible con una intensa expresividad.
De Gabriel Fauré puede decirse que llevó la música de salón a las más altas cotas de elegancia y sensibilidad. Sus dos sonatas son un prodigio de buen gusto, aun cuando su factura no se distinga por la originalidad.
Tanto Debussy como Ravel compusieron las suyas casi al final de su vida y son dos elocuentes muestras del refinamiento que alcanzó el impresionismo musical. La primera es muy sutil y evocadora, la segunda tiene toda la brillantez y el encanto típicos de su creador.
En la fonoteca de la UN contamos con numerosos registros de estas piezas. El violinista parisino Augustin Dumay y la pianista portuguesa Maria João Pires nos sirven las sonatas de Franck y Debussy. El primero repite, con otro francés al teclado –Jean Philippe Collard–, en las obras de Fauré. Para la de Ravel, podemos escoger entre la versión del belga Arthur Grimiaux –acompañado por el húngaro István Hajdu–, o la de dos instrumentistas mucho menos famosos: Henri Barda e Yvon Carracilly. Dos checos –Peter Messiereur y Jan Kvapil– abordan también estos pentagramas. En el caso de Debussy, es muy conocida la antigua grabación de dos compatriotas suyos: Christian Ferras y Pierre Barbizet.

