Hubo un tiempo en que, fuera del ámbito centroeuropeo, Schubert era conocido y valorado sobre todo por sus lieder, que eclipsaban al resto de su producción. Lo cierto, sin embargo, es que destacó sobremanera en casi todos los géneros que cultivó.
Dado que el acompañamiento de sus canciones es a menudo de una gran calidad, no es extraño que sea uno de los grandes maestros del teclado. De hecho, sus obras para piano, no sólo son muy hermosas, sino además sumamente originales. En este terreno, como en otros, logró algo al alcance de muy pocos: construir partituras muy sólidas sin reproducir los esquemas del clasicismo.
Tanto por el carácter de sus temas, como por la forma en que exponía sus ideas musicales, fue un romántico, y solía evitar las aristas y la enorme tensión típica de Beethoven. Sus melodías son muy hermosas, pero siempre cargadas de emoción: a veces dulces y evocadoras, otras nostálgicas y soñadoras, también tristes e incluso desesperadas. Sin embargo, más que para oponerlas entre sí, las utiliza para crear climas diversos, sin que por ello se pierda la coherencia musical.
El portentoso dominio del arte de la modulación, tan necesario para ilustrar textos poéticos, la constante alternancia entre los tonos mayores y menores, están en la base, no sólo del magnetismo de sus partituras, sino también de su peculiar y efectiva estructura.
Son muy bellos y populares los Impromptus, llenos de espontaneidad y poesía. Hay que citar también la poderosa y singular Fantasía Wanderer. Por su envergadura, destacan las sonatas, en particular las últimas, verdaderos monumentos del arte sonoro. No menos reseñables, aunque no tan conocidas, son las obras para piano a cuatro manos.
Lógicamente, son muchos los intérpretes que se han sentido fascinados por este maravilloso repertorio. Por eso, en la fonoteca de la UN está muy presente. Son legendarias las grabaciones de las dos últimas sonatas debidas al austríaco Arthur Schnabel. El germano Wilhelm Kempff, otro gran artista, las registró todas con su habitual sensibilidad. El ruso Sviatoslav Richter las dominaba a la perfección y contamos con algunas de sus numerosas lecturas en vivo. Su compatriota Evgeny Kissin grabó la más importante, aunque con resultados menos interesantes.
El británico Clifford Curzon dejó una magnífica lectura de la Fantasía Wanderer, y el Duo Crommelynck –formado por un belga y una japonesa–, antes de que ambos decidiesen acabar con sus vidas, una buena versión de las piezas a cuatro manos.

