En Mediateca: Vincenzo Bellini, «Norma»

A pesar de su corta vida y su no muy extensa producción, Vincenzo Bellini ocupa un lugar destacado en la historia del teatro lírico occidental. Nacido en Catania y formado en Nápoles, muy pronto triunfó en su país y posteriormente conquistó París, el principal escenario de la época.

Junto a Donizetti, tomó el relevo de Rossini y puso en pié el llamado melodrama ‘romántico’, renovando notablemente los esquemas de la ópera ‘seria’, heredados, al igual los de la ‘bufa’, de la tradición napolitana. Así, gracias a su extraordinaria inventiva melódica, supo ilustrar con gran acierto la humanidad de los personajes, por lo general infelices y desgraciados, que pueblan sus partituras.

Este siciliano es célebre sobre todo por un título emblemático –Norma–, que narra la trágica historia de una sacerdotisa druida que, tras enamorarse de un proconsul romano Pollione, es traicionada cuando su amante se encapricha de Adalgisa, una joven colega suya. Tras planear vengarse asesinando a los hijos que ha tenido con el invasor, se los entrega, sin embargo, a ésta última antes de suicidarse.

Tras el éxito inicial, la obra cayo en el olvido, en parte por la tremenda dificultad del rol titular, en parte por el progresivo abandono de la vocalidad belcantista. Fue la greco-americana Maria Callas quien logró restituirle toda su intensidad y vigor, sin por ello dejar de ser fiel a las intenciones del compositor.

Nunca ha sido fácil encontrar cantantes que puedan afrontar con garantías unos papeles escritos a medida para quienes los estrenaron. De la Callas se conservan múltiples registros, y en la fonoteca de la UN figura el primero de los dos que hizo en estudio, en el que por desgracia no estuvo demasiado bien acompañada por un elenco italiano. Ebe Stignani, una mezzosoprano legendaria, y el experimentado bajo Nicola Rossi-Lemeni, cumplen con dignidad, aunque un tanto fuera de estilo, sin embargo, el aguerrido tenor Mario Filippeschi descuida por completo la línea de canto.

Muy distinta es la segunda grabación que, con su habitual cuidado, dirigió a mayor gloria de su esposa, Joan Southerland, poseedora de una depurada técnica, el también australiano Richard Bonynge. Si bien el paso de los años le impidió repetir una interpretación convincente, la arroparon tres grandes estrellas: el italiano Luciano Pavarotti, nuestra Montserrat Caballé y el estadounidense Samuel Ramey. El sonido es muy superior y todo mucho más civilizado y correcto desde el punto de vista canoro, pero falta calor y credibilidad dramática, y sólo el último de los intérpretes domina el belcanto.

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