Se suele decir, con bastante fundamento, que las obras de cámara, en especial los cuartetos, son las más difíciles, no sólo de componer sino también de escuchar. Hay, no obstante, auténticas joyas del género que resultan francamente accesibles. Tal es el caso de los quintetos con clarinete de Mozart y de Brahms, que guardan cierta afinidad, más allá de compartir un mismo organicum.
En su creación tuvieron un papel destacado el arte y el virtuosismo de dos excelentes instrumentistas: Anton Stadler y Richard Mühlfeld, respectivamente. Tal circunstancia inspiró a dos genios que estaban viviendo los últimos años de su vida. En ambas reina un profundo lirismo –aunque de muy diverso carácter– derivado en buena medida de las posibilidades y las características tímbricas del clarinete.
Mozart escribió su quinteto en medio de todo tipo de problemas personales y familiares, a pesar de lo cual en él no se advierte en el más mínimo dramatismo. Con una capacidad de abstracción que tal vez no ha poseído ningún otro músico, creó una pieza de una transparencia, encanto, sencillez y naturalidad asombrosas. Está llena de inolvidables melodías, en particular su célebre Larghetto, escrito como de un solo trazo, cuya inagotable cantilena parecer flotar en el espacio mientras el tiempo se detiene.
Por su parte, Brahms creó una otoñal partitura, cargada de suave melancolía, aunque combinada con la pasión típica de su música. Todos los movimientos son espléndidos, pero su corazón es de nuevo el segundo, un sublime Adagio, en el que el clarinete lleva la voz cantante y dialoga con instrumentos de cuerda. Acaso la audición de esta obra suponga un mayor desafío para el oyente poco familiarizado con la música de cámara, pero sin duda el esfuerzo merece la pena.
En la fonoteca de la UN hay varios registros de estas obras, tres de ellos protagonizados por un destacado solista de la Filarmónica de Berlín: el clarinetista Karl Leister. Se unen a él dos afamados cuartetos: el Amadeus y el Brandis. La segunda versión del quinteto mozartiano se debe al británico Anthony Pay, acompañado por el conjunto de cámara de la Academy of Saint Martin in the Fields, formado por excelentes intérpretes.

