Durante el siglo XVII, numerosos laicos comenzaron a asistir a las vísperas, sobre todo en los templos católicos. Es lógico, pues, que no sólo en las catedrales, sino también en otros centros de culto, que contaban con amplias capillas musicales, alcanzasen un gran esplendor. La música se convirtió así en un modo más de atraer y catequizar a los fieles, en particular a los notables y los integrantes de las clases medias.
Esta auténtica revolución litúrgica y musical comenzó en la Basílica de San Marcos de Venecia, con Andrea y Giovanni Gabrieli, y se extendió a toda Europa. Sin embargo, Claudio Monteverde también contribuyó de manera decisiva a sentar las bases de este nuevo género musical, cuando trabajaba en Mantua al servicio de los Gonzaga.
Allí escribió esa esplendorosa partitura titulada Vespro della Beata Vergine, en la que conviven en perfecta armonía el severo estilo polifónico con la expresiva monodía de tipo madrigalesco. Las voces de los solistas, entrelazadas con las del coro, sostenidas y coloreadas por una brillante orquesta, van creando así un caleidoscopio sonoro que conserva pasados ya cuatro siglos toda su capacidad de fascinación.
En la mediateca de la UN contamos con dos buenos registros de esta admirable obra, tan importante desde el punto de vista musical e histórico, como accesible incluso para los no familiarizados con la estética renacentista o prebarroca. El primero se debe al belga Philippe Herreweghe, uno de los mejores y más veteranos especialistas en este tipo de repertorio. En el segundo dirige Gabriel Garrido, un músico argentino formado en Suiza, que ha consagrado buena parte de sus esfuerzos al estudio e interpretación de Monteverdi.
Quienes se acerquen a este portentoso “espectáculo sacro” encontrarán acaso que carece del rigor constructivo y la profundidad espiritual de las cantatas y pasiones bachianas que, por otra parte, con tanta indiferencia soportaban los piadosos burgueses de Leipzig. Sin embargo, resulta casi imposible no dejarse arrastrar por su belleza y suntuosidad, que ilustra a la perfección la grandeza de esa gigantesca empresa de evangelización que fue la Reforma católica.

