Durante las últimas décadas del siglo XIX, comenzó una paulatina pero imparable transformación de los sonidos, cuya primera fase es el post-romanticismo. Uno de sus máximos representantes fue, sin duda, el compositor bávaro al que dedicamos esta reseña.
Saltó a la fama en plena juventud, con una partitura sólida, brillante y apasionada: el Don Juan, sobre la obra homónima de Lenau. Vinieron luego otras formidables creaciones, como Till Eulenspiegel, Así habló Zarathustra y Don Quijote. Algo menos inspiradas, aunque de una factura admirable, son las páginas posteriores, Una vida de héroe, Sinfonía Doméstica y Una Sinfonía Alpina.
Décadas después, casi al final de la vida del autor, llegaría Metamorfosis, una pieza de rara profundidad. Este austero y desolado adiós a la Alemania que había sido destruida durante la Segunda Guerra Mundial no es fácil de escuchar, pero encierra acaso lo mejor de su producción.
Pocos compositores han sabido explotar los recursos de la gran orquesta moderna con tanta eficacia. Estos frescos sonoros, a veces gigantescos, en los que infinidad de voces se entrecruzan y los instrumentistas son puestos una y otra vez a prueba, son siempre un desafío para un director o una agrupación sinfónica.
Para el oyente, es todo un festín paladear estas seductoras y opulentas narraciones musicales, por lo general muy sustanciosas. Las melodías son de una gran belleza e inspiración, y están engarzadas con gran habilidad y flexibilidad, algo esencial para ilustrar los acontecimientos que reflejan. La construcción es siempre imponente y la armonía muy original, variada y compleja.
En la fonoteca de la UN contamos con numerosos y excelentes registros de este repertorio, tan presente en los conciertos como grabado. La integral de Rudolf Kempe, el fantástico maestro alemán muerto en plena madurez, es absolutamente modélica. Herbert von Karajan, nacido en Salzburgo, el más famoso de sus colegas, adoraba estas obras, que le permitían sacar a relucir sus mejores cualidades.

