La proximidad de la festividad en que la Iglesia Católica reza solemnemente por los fieles difuntos es una buena ocasión para echar la vista atrás y comprobar cómo muchos creadores quisieron unirse a esa plegaria.
Sus pentagramas nos recuerdan que la muerte, por paradójico que pueda parecer, forma parte de la misma vida, y nadie debería dejar de reflexionar sobre ella, tal y como las implacables leyes del mercado pretenden hoy en día.
Hemos escogido para ello una obra de un músico no especialmente piadoso, pero desde luego nada ajeno a la religiosidad. En efecto, Brahms, gran lector de la Biblia, no siempre fue coherente en su conducta con su fe luterana.
Fue la perdida de su madre la que le impulsó a componer su imponente “Requiem alemán” –Ein deutsches requiem–, una gigantesca y profunda meditación sobre el dolor que causa la pérdida de los seres queridos, en la que, sin embargo, también se alude una y otra vez a la consolación de la vida eterna.
Se ha discutido mucho sobre el carácter –espiritual o humano– de esta magnífica obra, pero desde luego es asombroso que fuera escrita cuando su autor tenía sólo treinta y seis años.
No todas sus secciones son igualmente accesibles, pero es muy difícil no dejarse atrapar por el efusivo coro central y el posterior solo de soprano. Los poderosos movimientos que los encuadran, con sus imponentes fugas conclusivas, tienen una fuerza extraordinaria. Abren y cierran la obra dos hermosísimas e introvertidas plegarias por quienes murieron para vivir junto a Dios.
Pocas veces se ha ilustrado con tanta elocuencia la finitud del ser humano, se ha suplicado con tanta seriedad y confianza por quienes nos precedieron en el mundo, se ha afirmado con más energía la victoria sobre la muerte, o se ha descrito con tanta sencillez y emoción la felicidad de los que viven con Dios.
En la fonoteca de la UN figura uno de los mejores registros de este auténtico monumento musical, protagonizado por artistas alemanes: el augusto director Otto Klemperer, secundado por dos cantantes de excepción, Elisabeth Schwarzkopf y Dietrich Fischer-Dieskau.
También contamos con la singular versión del rumano Sergiu Celibidache, uno de los más singulares y controvertidos intérpretes del pasado siglo. Menos interés tienen las lecturas de otras batutas, como las de Giuseppe Sinopoli o Helmut Koch.
Un álbum de vinilos contiene la muy estimable grabación del otrora todopoderoso Herbert von Karajan, un austríaco que escogió a dos ilustres compatriotas: la soprano Gundula Janowitz y el barítono Eberhard Wächter.

