El principal compositor noruego es, sin duda, Edvarg Grieg, Nacido en Bergen, su talento tardó en madurar y florecer. Lo cierto es que se formó en Leipzig y luego residió en Copenhague, donde conoció a su mujer, antes de regresar a su país, cuando ya había forjado su inconfundible e inimitable estilo, en parte romántico, en parte nacionalista.
Muy pronto dio muestras de su notable dominio de las pequeñas formas y escribió admirables canciones y piezas para teclado. Sin embargo, el lenguaje sinfónico se le resistió, hasta que logró componer su original concierto para piano, que se suele comparar y grabar con el de Robert Schumann.
Luego vendría la magnífica música incidental para Peer Gynt, el célebre drama de Ibsen, algunos de sus fragmentos son muy populares. También la Suite Holberg y las diversas danzas y melodías noruegas, elaboradas a partir del original pianístico.
Buena parte del encanto de estas obras procede de la singular factura y belleza del folclore noruego, que Grieg supo explotar y trasmutar, traicionar nunca su espíritu. A menudo están nimbadas por una intensa aura poética y reina en ellas esa plácida melancolía, que los meridionales tendemos a asociar con los brumosos paisajes escandinavos.
En la fonoteca de la UN contamos con la estupenda integral que realizó en su día el estonio Neeme Järvi, al frente de una magnífica Orquesta Sinfónica de Gotteborg. En el caso de Peer Gynt y el concierto para piano –las partituras más grabadas y por las que conviene empezar–, puede recurrirse también a otra lectura menos idiomática: la del mítico Herbert von Karajan, con la colaboración del formidable pianista polaco Krystian Zimerman. Los más audaces, deberían explorar terrenos menos transitados, cargados de insólitas y ocultas bellezas.

