Alex Gibney, prolífico documentalista ganador del Oscar por Taxi to the Dark Side, y responsable de obras espinosas como Enron: los tipos que estafaron a América y Mea Máxima Culpa, pone en el punto de mira a Julian Assange y su famosa web WikiLeaks, donde anónimamente personas de todo el mundo filtraban información sobre sus lugares de trabajo, bancos u organismos gubernamentales, que sacaban a la luz el grado de corrupción y engaño que ahí imperaba.
Frente a lo que cabría esperar, una hagiografía del impulsor de WikiLeaks que destacara su valor a la hora de enfrentarse a los que detentan el poder, Gibney se esfuerza en ofrecer una foto más compleja del confuso panorama creado por internet, que permite la divulgación de secretos que se solían mantener hasta ahora en la oscuridad, amparados sus depositarios en la necesaria discreción de sus actuaciones, lo que servía para justificar numerosos abusos.
El caso de Brad Manning se convierte en ejemplar de la confusión moral y desdibujamiento de las fronteras éticas: este militar de inteligencia, que filtra secretos y no encuentra apoyo anímico en Assange y su gente, sino que debe buscarlo en un hacker que le inspira confianza, resulta ilustrativo de un mundo en que uno desea hacer lo que considera correcto, y en vez de aclararse se sumerge en un lodazal. Al tiempo que las autoridades de su país, cuando dan con él, se ceban con un trato inhumano, las imágenes del presidente Obama tratando de escurrir el bulto a la pregunta de un periodista son muy elocuentes. (Decine21)

