En Mediateca: Charles Gounod: Faust

A mediados del siglo XIX la Ópera de París era uno de los principales teatros de Europa. Cualquier compositor no dudaba en aceptar un encargo recibido de ella, y otros muchos presentaban sus obras con la intención de que fuesen estrenadas en ella. Sin embargo, muy pocos autores galos triunfaban, y eran los extranjeros, aunque residiesen en al ciudad, como Meyerbeer, quienes se llevaban la palma.

La situación comenzó a cambiar cuando en una histórica noche de 1862 se repuso, una vez revisado, el título que comentamos. Si bien su calidad es acaso inferior a las de los singulares dramas líricos de Berlioz, el citado título fue decisivo para la creación de un repertorio genuinamente francés.

A pesar del título escogido, la acción se centra en un aspecto muy concreto de la célebre tragedia de Goethe: los amores entre el protagonista y Margarita. Dado que el primero ha hecho un pacto con el diablo –Mefistófeles–, las cosas van de mal en peor, puesto que la joven muchacha pierde a su hermano Valentín y acaba muriendo en la cárcel. No obstante, antes de expirar, consigue salvar el alma de Fausto. Es decir, se produce la redención por el amor, tan cara al romanticismo.

La partitura está llena de hermosas y brillantes melodías, y combina con habilidad las escenas íntimas con las espectaculares. La caracterización de los personajes es un tanto esquemática pero eficaz, y el manejo de la orquesta muy hábil. Por ello, gozó de una enorme popularidad, aunque hoy se represente bastante menos, en parte por la crisis de la escuela vocal del país vecino.

En la fonoteca de la UN contamos con el excepcional registro que dirigió el maestro belga André Cluytens, buen conocedor de estos pentagramas, quien pudo contar con los mejores cantantes del momento. Un espléndido Nicolai Gedda, nacido en Suecia de padres rusos, pero absoluto dominador del rol titular. Una encantadora Victoria de los Ángeles, que actúa a la perfección y dota a su personaje de toda la ternura, la pureza e incluso la pasión necesarias. Y el imponente bajo búlgaro Borís Christoff, quien exhibe su prodigioso instrumento, aunque ofrece una imagen en exceso caricaturesca del diablo. Uno de los últimos grandes barítonos franceses Ernest Blanc es un elegante y expresivo Valentín.

Quienes conozcan la anterior versión, pueden explorar la que se confió a alguien tan bregado en estas lides como George Prêtre. Ahora bien, ni la italiana Mirella Freni, acaso la mejor soprano lírica de las últimas décadas, ni un esforzado Plácido Domingo, logran adaptarse del todo a un repertorio que les es bastante ajeno. Más entonado está Nicolai Ghiarov, otro gran bajo búlgaro, tal vez también histriónico en demasía. En todo caso, el resultado es notable, aunque desluce algo el conjunto el británico Thomas Allen, simplemente correcto.

gounod

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